viernes, 19 de marzo de 2010

El galpón de máquinas







— ¡Corran que viene Pascual! — El implacable sol de la siesta contemplaba la escena. Nos quemábamos las manos y los pies saliendo por la estrecha puertita sobre el techo de chapa que cubría el tanque australiano. El siguiente paso era huir a la mayor velocidad chorreando agua y a medio vestir; pantalón corto, camisa y zapatillas en mano ignorando las ortigas y cardos bajo los pies. Había que poner la mayor distancia entre el encargado del galpón que se aproximaba vociferando amenazante; más como diversión que para castigarnos, pero nosotros no lo sabíamos.

Dentro de nuestra privilegiada piscina, solíamos incursionar agazapados; ese era uno de los mejores momentos de la siesta durante ese verano. El tanque australiano estaba dentro del terreno del ferrocarril, al oeste de la vía, a unas decenas de metros de la calle Mitre que por aquel tiempo no estaba abierta y servía de potrero. Poco mas allá, a media cuadra sobre la calle Rivadavia, el almacén del “Negro Ruiz” y el boliche de “Perico Jonas” [este último al lado de la barrera, que supo tener noches de guitarreadas y contrapuntos que hicieron historia].

De la vía al Este quedaba el centro del pueblo. Nosotros estábamos del otro lado de la vía; ya comprenderán a que me refiero. De este lado la civilización, del otro – el nuestro- la barbarie. La pandilla del tanque que ahora recuerdo, y que aún a riesgo de equivocarme no puedo evitar nombrarlos; éramos de 11 a 14 años los héroes siguientes: Carlitos Radío alias “El Patón”, no pregunten por que; “el negro” Soriano; “Coco” el primo de Carlitos; José Luís Velarra, y yo: convencido a ultimo momento y el primero en escapar.

Nuestro “parque de diversiones” continuaba con el galpón de máquinas que asomaba a la calle Rivadavia por su parte trasera con dos grandes arcadas, de ahí salían dos vías que iban a detenerse en los paragolpes, casi donde comenzaba la vereda; cosa que no se escapara alguna locomotora a la calle. Ahí precisamente, había un hueco en el alambre que nos tentaban a una nueva aventura.

Lo descubrimos cuando íbamos a buscar las chauchas del algarrobo que se levantaba en la vereda. Era muy sabrosa la pasta dulce y amarillenta que se desprendía cuando le hincábamos el diente. De esa manera, esperábamos la hora en que habría la heladería de la panadería de Olivera en la esquina de Rivadavia y Ramós Mexia.

Volviendo al galpón que durante mucho tiempo estuvo lleno de locomotoras a vapor, algunas herrumbradas y quietas, y otras en uso para maniobras. Recuerdo una que a diferencia de las demás que eran todas negras, esta era gris ceniza. Después de muchísimos años investigando, relacioné una fotografía muy antigua, con esta que había visto de niño. Sobre todo por el tipo de farol cuadrado que coincidía con aquella.

A mediados de la década del ’60 las desguazaron ahí nomás. Con mucha tristeza pude ver como personal con grandes sopletes la iban cortando a pedazos y cargándolos a un vagón con una grúa. Esos ejemplares bien podían ser hoy orgullo de cualquier museo ferroviario del mundo, y sobre todo del nuestro.

Un buen día regresé de visita al pueblo e intenté hablar con la gente del galpón, pero ninguno la recordaba. - Alfredo Pedrós ©2009


(Las fotos que ilustran el presente, si bien pertenecen al autor, no corresponden al relato. Fueron incluídas para mostar el lugar, en la de la fachada del galpón, al pié del tanque elevado, se puede observar el tanque australiano a que hace referencia la nota, pues está toma fue realizada desde calle Rivadavia.)


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