miércoles, 15 de agosto de 2012

La cultura de los pueblos nace con el pueblo

  Por María Rosa Arancedo.
Mural realizado por los artistas plásticos Rubén Muñoz Abril y  Horacio Muñoz,
durante un encuentro de muralistas realizado en nuestra ciudad en el año 2010.
   
      Acá vamos transitando estos atípicos meses. Todos hablamos de ese raro invierno y esperábamos la primavera, pero no fue tan así, invierno de calor pero con camiseta puesta y primavera fría y ventosa que sigue necesitando la camiseta.
-          ¡Qué frío! – dije a un hombre de la tierra, que luchando contra la llovizna pasaba por mi vereda.
-          Así es patrona, dijo, déjelo que “hele” bien pá que asiente. –
-          ¡Pero 20 de septiembre! -   le digo
-          ¡Ah! Para el almanaque, pero no para el tiempo Doña. –
     Yo lo dejo y aguanto, pero mis pobres plantas, que también se rigen, como yo, por el almanaque, intentaron florecer y están negras y caídas. Esperando cuando Dios quiera tiempos mejores para rebrotar, mientras espero días más templados estoy leyendo y estudiando sobre la cultura de los pueblos.

      Algo trataré de contarte sobre esta palabra cultura que parece tan difícil y es tan simple como que se refiere a las costumbres y tradiciones de los pueblos, a sus particularidades, a su identidad.
Muchas veces le he dicho que para la historia de nuestros pagos son tan importantes, el más encumbrado estanciero, como el más humilde de los puesteros, el señor educado en Europa con titulo profesional como el último peón analfabeto o los pobres de solemnidad, que se crearon en la indigencia.

      El Instituto Histórico hace unos años le hizo un homenaje a Don Juan Anchorena, benefactor de nuestro pueblo y otro tan cariñoso y reconocido como a él, a Juana Sosa de Martínez, pobre de solemnidad.

      La historia se hace entre todos, porque cada uno ocupó su lugar, su puesto y cada uno fue importante para el crecimiento de nuestro pueblo y sus particularidades.

     Juntos uno y otros. Unos manejando el carro, otros ayudando a tirar, otros empujando, otros encima y muchos mirando como se desliza el carro por la tierra lugareña.

      Aquí, en el desenvolvimiento de nuestra sociedad, en el asentamiento en el lugar, en trabajar aquí, por y para todos, en levantar las paredes de una casa, tener hijos, en echar raíces… y en estos somos todos iguales habitantes del lugar.
Como habitantes se cuenta el que vive en un lujoso chalet o en un rancho o en una ramada o bajo el campo raso.

      Para el hombre de la tierra, heredero solo de necesidades, el lugar de socializarse, de entrarse, de anoticiarse de las cosas, era el boliche de campo. Los boliches eran “vida” en el pueblo o en el campo, la pulpería fue una manera de relacionarse, de conocerse con el semejante, de conocer otras costumbres, de enterarse de ciertos hechos del país y del mundo, de ir parejo a los progresos de ciertos trabajos, en proveerse del vino, los cigarrillo y los vicios, del ir del candil al paquete de velas y al farolito de keronsene.

     El boliche respondió a las necesidades del gaucho hasta en la salud, el “untisal”, la “barra de azufre”, el “geniol” que se anotició en la charla del mostrador junto al vaso de caña y el juego de cartas o taba.
Fue el boliche el lugar para atender a algún representante legal o para cerrar un negocio, comprar o vender una lechera o un lote de yeguas bagualas. Era el boliche tan solo para entrar, lugar para el aseo mínimo, para el esparcimiento, para el dato serio e importante, para conocer, para aprender a veces de persona a persona, a veces por medio de los personajes y hasta de la Patria.

      Esta vida la hicieron los peones, los domadores, los reseros, arrieros, carreros, esquiladores, caminantes, puesteros, jornaleros y hasta los forajidos que trazaron huella, levantaron ranchos, corrales, aguadas y como testigos, como fuentes vivas, siguieron una forma de vida hermanada a la tierra, como la tierra se lo permitía y con lo que la tierra les brindaba, y algunos se agruparon formando rancheríos, en épocas que se trataban de  Ud., de Don y Doña, porque respetar para que te respeten … y el respeto es la base de la convivencia.
Aprendamos de nuestros mayores, así se hicieron nuestras tradiciones, nuestra cultura.

      Hombres que compraron en nuestros negocios, que nacieron y crecieron en nuestro suelo, que aprendieron en nuestras escuelas o en las escuelas de la vida. Hombres que siguieron costumbres, comidas, labores, trabajos, que ejecutaron nuestra música autóctona., la silbaron, la cantaron, la bailaron, la amaron. Los que aprendieron a buscar sombra o reparo en nuestras pampas.

      Los que aprendieron leyes naturales de sobrevivencia. En fin, que la cultura de los pueblos las hicieron los usos y costumbres de las gentes del pueblo, del lugar.
Nuestra gente cuenta con el aborigen más el invalorable aporte del inmigrante, gente que vivió en estas tierras, no de otras más leídas. Cómo? Simple, la forma de trenzar un lazo del padre a los hijos, estudiar el horizonte para prevenir las tormentas que tiene sus secretos, las costumbres se heredan aún sin proponérselo y estas costumbres se aman. Por eso les hablo de cultura lugareña, cultura del pueblo. He leído como José Hernández para su “Martín Fierro” y Ricardo Guiraldes para su “Segundo Sombra”, a pesar de ser señores de educación europea, iban a la cocina de los peones y a los boliches donde concurría la gente de la tierra para poder así empaparse de esas costumbres, esa forma de vida, esa cultura lugareña. La gente de estos pagos, tiene características especiales que le hacen mantener tradiciones, usos y costumbres a las que nos sentimos honrados y si es posible las seguiremos con orgullo, continuando los pasos de los que ya envejecieron. 

“RECUERDA: NO ENVEJECER ES TAN ESTÚPIDO COMO NO PODER SALIR DE LA INFANCIA.”

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Este relato fue extraído del libro    …VIVENCIAS…
Los cuentos de Bocha Arancedo
Por María Rosa Arancedo
Gral. Madariaga. Prov. De Buenos Aires - 2005


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