domingo, 18 de noviembre de 2012

Mis recuerdos de Monsalvo (última parte)

El cartel anuncia la llegada, aquí comienza la aventura
que nos relata la autora.

La Escuela Nro 16 de Monsalvo en el año 1964 era una casilla prefabricada. Estaba ubicada en un terreno cercano a la estación de ferrocarril circundado por un alambrado con una tranquera como puerta de ingreso al predio. La casilla estaba sobre elevada, tal vez para evitar la humedad del suelo, y contaba con una escalerita de tres peldaños como acceso a una de las dos puertas del aula. La otra puerta, ubicada al fondo del salón, permanecía siempre cerrada ya que era difícil abrirla.

            Dos hileras de bancos, un escritorio y un armario desvencijado constituían el único mobiliario del lugar. Una estufa de seis velas que no siempre funcionaba se observaba en un rincón. En el armario convivían unos pocos libros, algunos mapas, la bandera, unas cajas de tizas, alcohol de quemar, fósforos para encender la estufa y un frasco con cacao o cascarilla para preparar la merienda de los chicos en uno de los recreos.

            En la parte de atrás de la casilla había un único baño muy pequeño de cuyo aseo debía ocuparme. Un pastizal rodeaba la casilla de modo que con una guadaña y la ayuda de los chicos y de algunas ovejas que pasaban el alambrado lo fuimos mejorando. Con frio, con fuertes vientos o cuando el sol calentaba al mediodía, ahí estábamos todos listos para izar la bandera que ondeaba al frente de la casilla. Esta situación cambiaría en el futuro, aunque yo no fuera testigo, con el dinero que envió el Ministerio para la construcción de la nueva escuela.

            No recuerdo la cifra, millonaria para la época, en la que un cheque a mi nombre llegó un día, destinado a la compra de materiales de construcción. Para hacerlo efectivo, en el Banco Nación, tuvimos que presentarnos con el tesorero de la cooperadora de apellido Quiroga. El era un señor de contextura robusta, que se hizo presente vestido para la ocasión con camisa blanca, alpargatas negras y bombacha bataraza. Ambos tuvimos que ir en compañía de mi padre porque, dado que yo era menor de edad, no podía recibir tamaña suma.

Estación Monsalvo en la actualidad, eje del relato pues la escuela
como cuenta la autora, estaba en el mismo predio.
El Registro de Asistencias presentaba alrededor de veinticinco alumnos, un buen número, pensé yo. Con el correr de los días sólo llegaban doce a lo sumo quince. Mirando con más detenimiento encontré más de cinco con el apellido Vega, eran algunos de los muchos hijos del único policía del lugar que vivían frente a la escuela. Al principio no comprendía tantas ausencias,  luego alguien dijo: “son alumnos de palo, de vez en cuando poneles el palito de presente. Si son tan poquitos nos cierran la escuela”. Ahí aprendí cómo un pequeño guiño justificaba nuestra presencia allí.

De los alumnos presentes, dos a lo sumo tres estaban en el mismo grado y, por tratarse de una escuela unitaria, había que hacer maravillas para responder a todos a la vez. De primero a sexto, de diferentes edades, de distintos intereses y saberes previos, significaba que tuviera que aprender a trabajar simultáneamente con todos ellos. Atrás quedaron las prácticas de enseñanza en la Escuela de Aplicación de la Normal, los planes de clase que tan minuciosamente preparábamos. Esta era una realidad diferente.

   Los alumnos que concurrían a clase también eran distintos
, a los de la escuela de Aplicación me refiero, ya que la vida en el campo hacía de algunos de ellos hombrecitos en miniatura. Recuerdo que un pequeño de anteojos que ocupaba el primer banco terminó su tarea de los primeros grados y, en tanto atendía a otro alumno,  le sugerí: hacé un dibujo de lo que te guste que ya estoy con vos. Con mucha seriedad contestó: “a la escuela no me mandan pa´ hacer dibujos, me mandan pa´ leer, escribir y hacer las cuentas”. Sin más, obedecí y llené su hoja de cuentas.

El viaje desde mi casa hasta la escuela, cada lunes, merece un párrafo aparte. Mi padre no me llevaba salvo que tuviera que trabajar en la zona porque “los vehículos oficiales no están para eso”,  así que algunas veces nos llevaba Nelson Giorgi en una camioneta que iba de lado a lado por el barro. Dejaba a su hermana (alguien me ayudará a recordar su nombre) que era maestra en Segurola y luego me arrimaba hasta Monsalvo.

Cuando los caminos estaban intransitables, no quedaba más remedio que tomar el tren. El problema era la frecuencia: lunes, miércoles y viernes el tren iba de Maipú a Madariaga. Martes, jueves y sábados hacía el recorrido inverso. Los viernes coincidíamos, pero para el regreso, adivinaron, los lunes no tenía tren. Entonces, había dos opciones: ir en colectivo hasta Madariaga y tomar el tren hasta Monsalvo, o ir en un tren de carga que salía muy temprano de Maipú.

Cuando tomaba la segunda opción,  salía a las cinco de la mañana, debía sacar pasaje de primera y mandar un telegrama a Buenos Aires informando que iban pasajeros en un tren de carga. Obviamente, el tren no llevaba coche con asientos,  de modo que viajaba en el furgón del guarda. A veces esperaba horas con el tren haciendo maniobras en Guido o Santo Domingo.  A tal punto que, en una oportunidad, recuerdo haber compartido, antes de entrar a clase, la comida que un guarda llevaba en su  vianda.

Todo este relato parece cargado de dificultades, sin embargo fue mucho lo que aprendí ese año y el siguiente trabajando en la escuela 16 de Monsalvo. Aprendí que la gente de campo que me rodeaba era simple y generosa, que inculcaban a sus hijos el respeto no sólo a la maestra sino a todo lo referido a la educación. Aprendí a pasar buenos momentos en el almacén de los Cope, con cuya familia también conviví.  Aprendí a realizar tareas de campo: acarrear leña, ensillar caballos, manejar un sulky o hacer chorizos y morcillas en las carneadas.

También aprendí a apreciar el verde intenso de la alfalfa y a disfrutar del azul celeste del lino en flor, mecido por el viento. Fueron muchas las vicisitudes que pasé como maestra rural de la Escuela Nro. 16 de Monsalvo, algunas son sólo anécdotas que forman parte de este relato que me atreví a compartir. De todas ellas,  lo más importante que aprendí es lo siguiente: si uno se va a dedicar a enseñar, tiene que estar dispuesto a aprender.

Lucía (Ketty) Etcheverry
Mar del Plata, 29  de octubre de 2012


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