El cartel anuncia la llegada, aquí comienza la aventura que nos relata la autora. |
La Escuela Nro 16 de
Monsalvo en el año 1964 era una casilla prefabricada. Estaba ubicada en un
terreno cercano a la estación de ferrocarril circundado por un alambrado con
una tranquera como puerta de ingreso al predio. La casilla estaba sobre elevada,
tal vez para evitar la humedad del suelo, y contaba con una escalerita de tres
peldaños como acceso a una de las dos puertas del aula. La otra puerta, ubicada
al fondo del salón, permanecía siempre cerrada ya que era difícil abrirla.
Dos hileras de bancos, un escritorio y un armario
desvencijado constituían el único mobiliario del lugar. Una estufa de seis
velas que no siempre funcionaba se observaba en un rincón. En el armario
convivían unos pocos libros, algunos mapas, la bandera, unas cajas de tizas,
alcohol de quemar, fósforos para encender la estufa y un frasco con cacao o
cascarilla para preparar la merienda de los chicos en uno de los recreos.
En la parte de atrás de la casilla había un único baño
muy pequeño de cuyo aseo debía ocuparme. Un pastizal rodeaba la casilla de modo
que con una guadaña y la ayuda de los chicos y de algunas ovejas que pasaban el
alambrado lo fuimos mejorando. Con frio, con fuertes vientos o cuando el sol
calentaba al mediodía, ahí estábamos todos listos para izar la bandera que
ondeaba al frente de la casilla. Esta situación cambiaría en el futuro, aunque
yo no fuera testigo, con el dinero que envió el Ministerio para la construcción
de la nueva escuela.
No recuerdo la cifra, millonaria para la época, en la que
un cheque a mi nombre llegó un día, destinado a la compra de materiales de
construcción. Para hacerlo efectivo, en el Banco Nación, tuvimos que
presentarnos con el tesorero de la cooperadora de apellido Quiroga. El era un
señor de contextura robusta, que se hizo presente vestido para la ocasión con
camisa blanca, alpargatas negras y bombacha bataraza. Ambos tuvimos que ir en
compañía de mi padre porque, dado que yo era menor de edad, no podía recibir
tamaña suma.
Estación Monsalvo en la actualidad, eje del relato pues la escuela como cuenta la autora, estaba en el mismo predio. |
El
Registro de Asistencias presentaba alrededor de veinticinco alumnos, un buen
número, pensé yo. Con el correr de los días sólo llegaban doce a lo sumo
quince. Mirando con más detenimiento encontré más de cinco con el apellido
Vega, eran algunos de los muchos hijos del único policía del lugar que vivían
frente a la escuela. Al principio no comprendía tantas ausencias, luego alguien dijo: “son alumnos de palo, de vez en cuando poneles el palito de presente. Si
son tan poquitos nos cierran la escuela”. Ahí aprendí cómo un pequeño guiño
justificaba nuestra presencia allí.
De
los alumnos presentes, dos a lo sumo tres estaban en el mismo grado y, por
tratarse de una escuela unitaria, había que hacer maravillas para responder a
todos a la vez. De primero a sexto, de diferentes edades, de distintos intereses
y saberes previos, significaba que tuviera que aprender a trabajar
simultáneamente con todos ellos. Atrás quedaron las prácticas de enseñanza en
la Escuela de Aplicación de la Normal, los planes de clase que tan minuciosamente
preparábamos. Esta era una realidad diferente.
Los
alumnos que concurrían a clase también eran distintos
, a los de la escuela de
Aplicación me refiero, ya que la vida en el campo hacía de algunos de ellos
hombrecitos en miniatura. Recuerdo que un pequeño de anteojos que ocupaba el
primer banco terminó su tarea de los primeros grados y, en tanto atendía a otro
alumno, le sugerí: hacé un dibujo de lo que te guste que ya estoy con vos. Con mucha
seriedad contestó: “a la escuela no me
mandan pa´ hacer dibujos, me mandan pa´ leer, escribir y hacer las cuentas”. Sin
más, obedecí y llené su hoja de cuentas.
El
viaje desde mi casa hasta la escuela, cada lunes, merece un párrafo aparte. Mi
padre no me llevaba salvo que tuviera que trabajar en la zona porque “los vehículos oficiales no están para eso”, así que algunas veces nos llevaba Nelson
Giorgi en una camioneta que iba de lado a lado por el barro. Dejaba a su
hermana (alguien me ayudará a recordar su nombre) que era maestra en Segurola y
luego me arrimaba hasta Monsalvo.
Cuando
los caminos estaban intransitables, no quedaba más remedio que tomar el tren.
El problema era la frecuencia: lunes, miércoles y viernes el tren iba de Maipú
a Madariaga. Martes, jueves y sábados hacía el recorrido inverso. Los viernes
coincidíamos, pero para el regreso, adivinaron, los lunes no tenía tren. Entonces,
había dos opciones: ir en colectivo hasta Madariaga y tomar el tren hasta
Monsalvo, o ir en un tren de carga que salía muy temprano de Maipú.
Cuando
tomaba la segunda opción, salía a las
cinco de la mañana, debía sacar pasaje de primera y mandar un telegrama a
Buenos Aires informando que iban pasajeros en un tren de carga. Obviamente, el
tren no llevaba coche con asientos, de
modo que viajaba en el furgón del guarda. A veces esperaba horas con el tren haciendo
maniobras en Guido o Santo Domingo. A
tal punto que, en una oportunidad, recuerdo haber compartido, antes de entrar a
clase, la comida que un guarda llevaba en su vianda.
Todo
este relato parece cargado de dificultades, sin embargo fue mucho lo que
aprendí ese año y el siguiente trabajando en la escuela 16 de Monsalvo. Aprendí
que la gente de campo que me rodeaba era simple y generosa, que inculcaban a
sus hijos el respeto no sólo a la maestra sino a todo lo referido a la
educación. Aprendí a pasar buenos momentos en el almacén de los Cope, con cuya
familia también conviví. Aprendí a
realizar tareas de campo: acarrear leña, ensillar caballos, manejar un sulky o
hacer chorizos y morcillas en las carneadas.
También
aprendí a apreciar el verde intenso de la alfalfa y a disfrutar del azul
celeste del
lino en flor, mecido por el viento. Fueron muchas las vicisitudes que pasé como
maestra rural de la Escuela Nro. 16 de Monsalvo, algunas son sólo anécdotas que
forman parte de este relato que me atreví a compartir. De todas ellas, lo más importante que aprendí es lo siguiente:
si uno se va a dedicar a enseñar, tiene que estar dispuesto a aprender.
Lucía
(Ketty) Etcheverry
Mar
del Plata, 29 de octubre de 2012
Si este post fue de tu agrado, no dudes en
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Tu comentario es bienvenido, déjalo a continuación: